No tengo certeza
de cuándo comenzó
de cuándo comenzó
a pesarme el silencio
del otro y de mi
propio yo.
Quizá en la infancia,
de repente en la adolescencia,
quizá en esa juventud temprana
o en esta adultes en la que entré
o un poco en cada una.
Pero, se siente tan intensa
que me genera un hueco
que se expande un poco más
abajo de mi garganta
y aprieta mucho.
Los silencios gritan
en mi mente en blanco
generando historias
que van desde catástrofes,
accidentes o engaños.
Mi mente me protege,
consejera y señora
quiere liderar la batalla
pero lucha contra nada
porque no existe
amenza real.
Tengo un recuerdo claro,
mi mamá aun lo hace,
cuando está enojada
su silencio es el castigo
que golpea más que
golpes o palabras.
Mi padre ha vivido
por más de treinta años
en un silencio mudo
que a veces habla
o desaparece
por meses o semanas.
Mi relación más tormentosa
me manipuló por tres años
haciendo que el silencio pese cada vez más
y generándome la peor
de las culpas que pueda aguantar,
creyéndome un monstruo
sin siquiera haber actuado.
Eso y mucho más,
me ha hecho suponer,
en vano quizá
que el silencio en los otros
es un problema
que yo no puedo
sobrellevar.
Incluso he llegado
a pensar,
que el silencio en mi
es tan incómodo
que no lo debe cargar
y lo debo evitar,
y muchas veces
me impide reflexionar.
Esa conexión sutil
conmigo misma,
me puede mil veces liberar
de tantos demonios
que susurran, dicen
o me gritan cosas,
a las que al fin
yo las puedo frenar.
Pero, el desgaste de
estas batallas diarias
a veces me limita más,
vivo en modo automático
y no puedo
disfrutar ya.
Necesito reconciliarme
con el silencio,
mio y de los demás,
más aún si los amo
y velo por su bienestar,
sin sacrificar el mio,
sin tanto
sobrepensar.
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