Érase una vez
un hombre enmascarado
un hombre enmascarado
con la mirada más profunda
y real que una mujer
y real que una mujer
pudo haber visto:
sus miradas hablaban
desde antes de conocerse.
Azares del destino
que en primavera se muestran,
hilos se entrelazan
en un baile eterno
donde la distancia no existe
y se unen sus montañas,
para a aquel par de almas
que en silencio se aman.
Promesas a la luna,
llena de esplendor
y compasión hacia ella
y un mensaje casi críptico
que usa como canal
aquellos ojos de ensueño
que por un instante
brillaron más.
Casi doce inicios lunares
con abrazos que te hacen
sentir por segundos: eterno
y que hablan más que
el lenguaje cotidiano
de palabras y gestos
que solo puede el alma
conocer.
Temores y prejuicios
que matan todo desde
adentro,
pero, ¿que podrían
matar?
si nada existe
en verdad.
Caballero con mochila enorme
que rompe su espalda
y en lugar de darle algo,
lo encierra y lo encadena,
convenciéndolo
de que bien así
estará.
Como pájaro enjaulado que
se niega libertad desconocida
por vivir en la cárcel cómoda
se niega libertad desconocida
por vivir en la cárcel cómoda
con barrotes dorados
que brillan a los ojos ajenos,
pero que entristecen su alma.
Pájaro herido
que ya no sabe como volar,
cuyas alas él mismo ha cercenado
seducido por sus miedos
y atrapado por sus contradicciones.
Princesa triste
que mira desde la torre
la jaula dorada,
que no puede liberar
a aquel pájaro
que ama ver
cada día
sin parar.
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